Hay un plan que no cuesta nada y que los niños recuerdan más que cualquier tobogán: sentarse en el patio después de comer y dejar que los abuelos cuenten las historias con las que ellos crecieron. En el Tolima esas historias tienen nombre propio, y son buenísimas.
El Mohán
El personaje más famoso del río Magdalena. Se le describe como un hombre grande, de pelo y barba larguísimos, que vive en las cuevas y los remansos del río. Fuma tabaco, toca música y se enamora de las mujeres que bajan a lavar a la orilla.
A los pescadores les enreda las redes y les esconde los anzuelos si no le dejan una ofrenda: tabaco, aguardiente o comida. Es travieso más que malo, y en el Tolima se le nombra con una mezcla de burla y respeto que dice mucho de la relación de la gente con el río.
La Madremonte
La guardiana del monte. Una mujer enorme cubierta de musgo, hojas y ramas, con ojos brillantes, que protege los bosques y las aguas. Cuando alguien tala sin necesidad, ensucia una quebrada o se pierde por donde no debía, ella se hace sentir: desata tormentas, provoca crecidas y hace que la gente se extravíe en círculos.
Es, básicamente, la primera campaña ambiental de Colombia, contada trescientos años antes de que existiera la palabra "sostenibilidad".
La Patasola
La más temida de todas. Una mujer de una sola pierna que aparece en los caminos de monte, llamando con voz dulce a los hombres que andan solos de noche. Quien la sigue no vuelve. Se cuenta especialmente en zonas de montaña y de cafetal, y sirvió durante generaciones para lo mismo: que nadie se meta al monte de noche y que nadie se aleje del grupo.

El Hombre Caimán
La leyenda del bajo Magdalena, conocida en todo el país: un hombre que consiguió una pócima para convertirse en caimán y espiar a las mujeres que se bañaban en el río. La pócima falló a medias y quedó atrapado con cuerpo de caimán y cabeza de hombre. Es la más popular de todas y la que más se representa en fiestas y desfiles.
Otros que aparecen en las historias del Tolima
- La Llorona — el llanto de una mujer que busca a sus hijos, escuchado en las noches cerca del agua.
- El Sombrerón — una figura de sombrero enorme que persigue a los trasnochadores.
- La Candileja — tres bolas de fuego que ruedan por los caminos.
- El Duende — travieso, esconde cosas en las casas y enamora a las niñas.
- La Mula de tres patas y el Poira, más locales, muy tolimenses.
Por qué vale la pena contarlas
No es solo folclor. Estas leyendas hacían tres cosas al mismo tiempo, y las hacían bien:
- Cuidaban a los niños. No te acerques solo al río, no te metas al monte de noche, no te alejes del grupo.
- Protegían la naturaleza. No talar de más, no ensuciar el agua, no cazar por deporte.
- Unían a la familia. Se contaban de noche, todos juntos, sin pantallas de por medio.
Y ahí está lo bonito: funcionan igual de bien hoy. Una noche en el patio, con la brisa de tierra caliente y los abuelos contando cómo se lo contaron a ellos, vale más que cualquier entrada de parque.
Un apunte con cariño
Si vas a contarle la Patasola a un niño de cinco años a la hora de dormir, mídele el voltaje. Todos conocemos a alguien que todavía no perdona a su tío por eso.
